El camino del guerrero





La nieve sopla queriendo arrancarme la piel y el viento, duro como el hielo del lago Taupo, golpea mi cuerpo con sacudidas irregulares y pesadas. Todo a mi alrededor es niebla blanca, salvo este pequeño entrante, este socavón en mitad de la montaña en el que sí puedo distinguir algún que otro color mineral… El camino se acaba, las botas están ya desgastadas y mi ánimo siente morir por momentos... La gente me quiere, mi gente, lo hallo en la distancia que habla…, pero yo quiero caer, terminar de caer, perderme en la niebla y olvidarme de quien soy…


Ojalá estuviera allí, escribiendo mis últimas palabras en la inmensidad de la aventura, pero no. No estoy allí. Estoy en mi habitación, en la ciudad, en el mismo sitio desde hace 15 años, esperando, ¿a qué? Soy un burgués acomodado, miedoso y falto de valor. Soy un hipócrita, un falso. Soy un novelista que espera su próxima copa y cigarrillo, lleno de ideas alentadoras y frases todopoderosas. Soy alguien que defiende saber quién es, alguien que habla, del mundo, del progreso, de la disciplina, la perseverancia y la paciencia, pero, ¿dónde están mis madrugadas heladas?, ¿mis obligaciones?, ¿dónde están mis responsabilidades? ¿Dónde el trabajo del que tanto presumo necesario?, ¿dónde está? No hay valor en mí.


No soy ese montañero que protagoniza el final heroico, soy el escritor que imagina al montañero desde detrás de la ventana cerrada. Muchos días suman años que floto en un sinsentido, en un barco que no sabe donde atracará y que difícilmente distingue el faro que hace tiempo tan claramente veía. 27 años que antes eran 17. Yo decía “Termino el colegio superior y me voy a los Estados Unidos para seguir formándome en la Escuela Naútica de Yakima en Florida. Desde donde zarpan los grandes buques, en la meca, con los capitanes de leyenda”.


En lugar de marchar, empecé a estudiar literatura en mi Madrid, porque así lo decidí, quería aprender otro oficio y paralelamente seguir creciendo como marinero en las escuelas sin barcos de la capital. La carrera de literato se fue sucediendo año tras año. Mientras tanto, mis amigos encontraban trabajos que parecían seguir una dirección lógica según querían y necesitaban de sus vidas, yo hacía esporádicamente dinero gracias a breves idas y venidas a las costas del sur que me daban cierto equilibrio, tranquilidad. Nada serio, trabajos pequeños y sin mucho recorrido, pero que me hacían sentir próspero, productivo y en el camino hacía lo que creía mi destino.


La carrera terminó y los amigos se alejaron. Unos continuaron trabajando en comercios por un tiempo, otros comenzaron a escribir para revistas y periódicos y otros viajaron por el mundo. Inglaterra, Australia, Bélgica, amigos que decidieron que el mundo les esperaba y que una nueva etapa empezaba para ellos en estos países. Iban tomando decisiones que les llevaban de un sitio a otro, sin atadura alguna, y yo mientras apostaba por mi pasión, me ataba a mi sueño, “en cualquier momento salta la liebre, me llaman para embarcar en una travesía transoceánica y empiezo mi nueva vida al otro lado del charco. Aguarda dónde estás hasta entonces, Madrid es conocida por sus continúas empresas marítimas”.


Mis amigos y compañeros, que continuaron a favor de corriente, ahora viven en apartamentos con sus respectivas parejas, piensan en comprarse sus cuatro paredes e incluso suena esporádicamente la palabra niños en nuestras conversaciones. Yo continúo en el mismo sitio, en la misma habitación. Esperando a que se presente mi gran oportunidad al tiempo que continúo formándome en el trabajo precario. Perdido. Sin rumbo. No me muevo. La inacción del que no deja de mirarla por miedo a que si lo hace desaparezca. Enamorado de ella, y no de sí mismo.

Tal vez tuve que haber cogido mi petate y tomar barco hacia las playas de Florida. Tal vez mi oportunidad de convertirme en aquello que soñaba la dejé zarpar creyendo que sumar conocimientos era lo mismo que apostar por mis sueños. Tal vez debí creer y confiar en mi corazón latiendo hacia el oeste. Y tal vez ya sea tarde. Tal vez haya llegado el momento de dejar de remar a contracorriente.


No soporto más mi creciente debilidad. No soporto la tristeza melancólica del que se cree víctima, del pobre atormentado por los envites injustos de la vida. ¡Sal ahí fuera y vive! ¡Y déjate de gilipolleces vacías! ¡Déjate de retórica literaria y quema la piel bajo el conocido sol del jornalero! Encaja los golpes y continúa en pie, y cuando caigas, porque caerás, levántate y entonces, una vez hayas abrazado la lona roja y sudada, vuelve a coger la pluma, llénala de tinta y escribe. Escribe de verdad, sin frenar la mano, escribe con las espaldas del que asume su responsabilidad para con el mundo. Escribe. O no.


Me quiero ir, dejar todo, dejar a todos y simplemente irme. Quiero alejarme de lo que conozco y sumergirme en lo desconocido para renacer. Quiero despedirme de mi madre, de mi hermana, de mi padre, de mi abuela, de mis amigos y partir. Lejos. Lejos. Sobrevivir. Volverme salvaje. Aprender cosas nuevas cada día, retarme cada día. Conocer nuevas personas, abrazarlas y quererlas. Quiero morir, para ser un nuevo yo.


Soy consciente de que mi tiempo se acaba y mi muerte es inminente. Una parte de mí se está muriendo para dar paso a otra, una nueva, más adulta, más humana, más mía, o no. Me estoy muriendo… Quiero reencontrarme con el viento, redescubrir la nieve cristalizada en mi cara, necesito faenar de puesta a puesta, necesito soltar velas y dejar que me lleven donde haya de ir.


Se acabó.


No me importa lo dicho, me importa sentir sin juicio. Solo ahora, solo mi valor, solo mi determinación y sensibilidad. Solo amor.


Todo cambia hacia lo que ya es.


“Harás cosas maravillosas en tu vida” – Mamá.


Confío.


Gracias, y adiós.