Adiós, amor


La sábana de la cama cubre sus cuerpos envolviéndolos en su propia verdad. Una hilera de estrellas pequeñas cuelga del cabecero y, junto con la vela prendida en la mesilla de noche, llena de intimidad la habitación. Ropa con prisa, sobres de plástico, cojines y un par de peluches trenzan el suelo uniéndose con la mochila de tela que, apoyada contra el armario de cuatro puertas, habla del invitado que viene para irse. Calor y sed se cruzan en la botella de agua medio vacía, medio llena, que mira a la pareja desde el suelo de parqué.

Y en el centro del Universo, donde todo tiene sentido porque todo es, dos jóvenes se miran. Sus ojos brillan de emoción, él cree estar en un sueño, ella sonríe de placer. Es hermoso, poesía granate. Las manos de ambos dos se acarician, buscando nuevos huecos sobre los que deslizarse y sentirse. Sus cuerpos quieren juntarse, unirse en uno solo, y al mismo tiempo quieren tener el suficiente espacio para poder continuar buceando en la mirada del amante. Amante, amor, almas bailando a salvo de sus propios demonios. Escuchando la canción de sus respiraciones. Ella es, él es. Ella puede sentir su energía, él puede ver su Diosa, la niña y la mujer que nada piensan y en todo confían, inocencia y fuerza que iluminan su cara de felicidad. Él así lo siente y, mientras, su pecho se llena de dicha infinita.

Sus rostros se acercan, tomándose el tiempo para disfrutar de acercarse a esa boca, a esos labios sensuales y llenos de deseo. Despacio, sus pieles se rozan humedeciéndose, queriéndose, suaves caricias que se mueven entre el beso y la sonrisa. Saben que se aman. Saben que son. Son cuerpos que ahora levitan, sin peso, en el aire, saliendo de la mano por la ventana hacia el cielo de la noche. Sin frío ni calor, sin vértigo ni duda, vuelan sabiendo a dónde van. El cielo estrellado les espera y las últimas nubes atrás quedan. La Tierra se curva y el Sol emerge en la oscuridad. Agarrados de la mano continúan su viaje hacia lo desconocido. Planetas, satélites, estrellas de cientos de miles de kilómetros, agujeros negros, cuerpos celestes verdes, azules, naranjas, blancos. Años luz de viaje y allí, justo allí, en el centro del Universo, los viajeros se detienen, se miran cómplices, se sueltan las manos extendiéndolas, abren la boca y entonces, de las profundidades de sus gargantas, una luz apenas perceptible comienza a despertarse. Más y más, más y más, más y más. Ahora ya no hay forma, no hay cuerpo, solo luz, dos luces que se mueven una en torno a la otra, cada vez más rápido, cada vez más cerca, más y más, más y más, más y más…

¡No quiero!, ¡no te quiero!, ¡fuera!, ¡fuera!... ¡Te odio! Los gritos en mitad del salón despertaron a los residentes que dormían en otros sillones, provocando una agitación generalizada y algunas quejas. En pocos segundos, una de las cuidadoras se acercó al sofá donde estaba sentada la mujer que acababa de estallar en aullidos. Cálmate, cariño... Carlos, ¿vas tú?, preguntó al enfermero con el que compartía turno. Éste asintió con la cabeza y rápidamente salió del salón. Cariño, ¿sabes quién soy? Esta vez se dirigió a la mujer con todo el cuidado del mundo. Laura…, respondió ella, ¿qué ha pasado?, ¿dónde estoy? Su voz ya no sonaba enfadada, ni tampoco herida, sonaba confundida y ligeramente asustada. Estás en casa, le respondió Laura. ¿Y mis padres?, volvió a preguntar. Ahora vienen, cariño. Tranquila.

Con paso acelerado volvió a entrar el enfermero en el salón, trayendo consigo un vaso de agua y una pastilla que dejó en la mesilla auxiliar ubicada junto al sofá. Ya van cuatro esta semana, dijo Laura mirando a su compañero, voy a esperar a ver si podemos evitarla. Y poniéndose en cuclillas a la altura de la mujer, le acarició las manos mientras sonreía.

Voy con el resto de chicos, anunció Carlos. Laura respondió con un guiño de ojo y se quedó donde estaba. ¿Estás mejor, cariño? Los ojos de la mujer, rodeados de arrugas que apuntaban el paso del tiempo, parecían seguir rumiando algún pensamiento. No quiero volver a verlo, afirmó de repente. No lo dejéis pasar. Incorporándose ligeramente, Laura la miró con toda su franqueza. No, cariño, tranquila.

Detrás de ellas, Carlos intentaba, parecía que con éxito, tranquilizar a los que se habían asustado, enfadado o a los que simplemente querían armar jaleo. Los comentarios molestos se diluían por momentos y todo apuntaba a que no tardaría mucho en volverse a escuchar algún ronquido. No todas tenían esa suerte. Sentada en el sofá y agarrada a los asideros temiendo caerse, el rostro de la mujer semejaba una lucha que Laura sabía se libraba en las profundidades del ser.

Yo le di todo. Le entregué mi vida y él se marchó. La cuidadora apretó con fuerza sus manos, intentando así hacerle sentir acompañada. Se marchó y me dejó sola. Sintiéndolo en el corazón, Laura sabía lo que sucedería a continuación. ¡No entres, vete! ¡Vete fuera!, continuó gritando. Carlos se giró en la otra punta del salón, encaminándose inmediatamente hacia el sofá. ¡Decidle que se vaya! Ella pedía auxilio y lloraba mientras lo pedía. Desgarradores demandas de un alma rota. ¡Decidle que se vaya! ¡Por favor! ¡Ya! Parecía no poder respirar, devorándose a sí misma, un dolor negro que le quemaba por dentro. Laura buscaba constantemente el contacto con su mirada. ¡Tranquila, cariño! ¡Carlos, sácalo, por favor! La mujer entonces dejó de gritar y miró al enfermero, y Carlos empujó el aire en dirección a la puerta. Ella lo siguió con la mirada mientras asentía repetidamente con la cabeza, tiempo que aprovechó la cuidadora para coger el vaso de agua y la pastilla. Cariño, por favor, tómate esta pastilla y bebe un poquito de agua. Ella volvió la mirada sin saber, perdida, ajena, rota; pero se encontró con la persona que tantas veces le había demostrado que podía confiar, y cogió el vaso y la pastilla. Gracias, cariño.

Bebió. Tranquilamente, terminó el vaso de agua y lo dejó encima de la mesilla. Soltó los asideros para volver a sentir sus manos, se recolocó en el sofá y mirando a través de la cristalera que vestía esa pared del salón, subió la cabeza hacia el cielo nocturno y, mientras Laura le acariciaba una última vez su pelo grisáceo, se encontró en lo alto con una hilera de pequeñas estrellas. Sin pensarlo dos veces, apartó la sábana, lo cogió de la mano y juntos salieron por la ventana hacia lo desconocido.

Ilustración de Paula Rojo.

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