La fonda de los aberranchos

20/8/2019

 

 

El viento era cegador, me golpeaba en los ojos con sus infinitos granos de arena y muerte. El polvo se incrustaba en la comisura de mis párpados produciendo constantes sangrados que curaba cada noche en la quietud de la gélida estepa. Perdí la cuenta de los días de marcha que llevaba, aunque las ocho lunas llenas que ya había visto hablaban de algo más de siete meses. A esas alturas, poco me importaba el tiempo o la distancia, tampoco sabía exactamente donde estaba, simplemente se trataba del desierto y yo.

 

Sí recuerdo recordar el día que partí del pueblo. Mi señora me acompañó hasta los límites del valle, nos besamos sabiendo que la vuelta no era segura y me despidió con la más hermosa de sus sonrisas. Desde entonces, muchos habían sido los parajes oteados, las personas encontradas y las cantinas vaciadas, muchos buenos tragos y desgraciadamente muchas balas con nombre, momentos duros incluso para las pieles más curtidas. No era mi caso, pero cuál era mi caso. Probablemente, ni yo mismo lo sabía entonces. Y menos aquel día.

 

Eran ya varias las jornadas que cabalgaba sin comida en el estómago y apenas me quedaban un par de pequeños sorbos de caldo de agua. Mi caballo arrastraba un casco tras otro y la vasta llanura desdibujada por las ondas de calor no presagiaba sorpresa alguna. Sombrero gacho intentaba abrir los ojos solo lo imprescindible, tampoco había mucho que mirar, más bien se trataba de confiar en lo que mi intuición me decía. Toda planicie empieza y acaba, y allí, en la frontera entre lo pasado y lo futuro, siempre hay un lugar para el descanso.

 

Recuerdo que dormitaba cuando Sven respiró más fuerte de lo habitual. Me incliné despacio para hablarle al oído cuando volvió a respirar de la misma manera. Entonces abrí los ojos. ¿Qué demonios…?, pensé. Intenté enfocar la vista y me pareció distinguir lo que parecía una fonda. ¡Una fonda, Sven! ¡Una fonda! Sin tenerlas todas conmigo y con el pecho lleno de alegría, que también pude notar en el animal, nos dirigimos a la que era nuestra nueva y solitaria mejor amiga.

 

Dejé a Sven en el abrevadero de fuera y abrí las puertas del local, pero mi incredulidad me frenó en seco. No puede ser cierto... Estaba lleno de aberranchos, lleno. Nunca antes había cruzado más que alguna mirada con ellos y ahora me encontraba en sus mismísimas entrañas. Conocía algo de su cultura, sabía que eran bien distintos a nosotros y que sus métodos se acercaban a lo salvaje, pero poco más podía decir de ellos.

 

Una vez volví a mí, con gran alivio pude comprobar que no había llamado la atención y, esperando mantener esa misma indiferencia, me quité el sombrero y caminé hacia la barra. En las mesas, los aberranchos comían al tiempo que gritaban; aunque hablaban la misma lengua que nosotros, me era muy difícil entender una frase completa. El olor a café y tabaco cuajaba el oxígeno del lugar, resultaba increíble como fumaban y bebían casi al mismo tiempo y de forma tan compulsiva.

 

Con las pocas fuerzas que me quedaban, llamé la atención del camarero y mantuve la compostura que por momentos iba perdiendo. Cuando llegó a mi altura, levanté la mirada buscando sus ojos, no quería que viera debilidad ni miedo. ¿Qué demonios…? Era de los míos. El camarero era de los míos. Anonadado, busqué en él señal alguna, pero nada. La normalidad colmaba su rostro, una normalidad extrañamente combinada con sorpresa y alegría. Una garrafa de agua y lo que tengan de comer, dije sin inmutarme. En cuanto dio media vuelta, inspeccioné disimuladamente la fonda y, para mi sorpresa, el camarero y yo no éramos los únicos. Había más de los nuestros y todos ellos estaban sirviendo. ¡Una revuelta!, me dije. Pero lo más extraño de todo es que parecían estar completamente tranquilos, como si estuviéramos en cualquiera de nuestras pensiones.

 

Confirmé mentalmente que llevaba la pistola cargada y busqué las posibles salidas del local, no me olía bien todo aquello. Llegó el camarero con mi garrafa y con un buen plato de comida; me gustara o no la idea de continuar allí, lo cierto es que no podía irme sin reponer fuerzas, si algo sucedía que sucediese con el buche lleno. Mi estado de excitación no me impidió disfrutar de ese primer glorioso trago de agua, con el que prácticamente vacié medio garrafón. De igual modo me sentó de fábula el primer bocado, como también lo hicieron los sucesivos. Por momentos advertía cómo mis sentidos volvían a activarse y mi cuerpo revivía de nuevo. Quizá una vez comido, la realidad se torne algo diferente, murmuraba en mi cabeza, quizá sean delirios producidos por el calor del desierto.

 

Pero nada, los delirios no desaparecían. Los aberranchos seguían ahí, comportándose de maneras inexplicables. Una de ellas reía sin cesar, como si hubiera algo irresistiblemente gracioso y no tuviera fin; otro repetía constantemente las mismas palabras y parecía que de esa manera se comunicaba con el resto; algunos de los aberranchos se movían encima de sillas que tenían ruedas enganchadas a los laterales de la madera y otros al caminar hacían movimientos extraños con el cuerpo. En una de las esquinas, uno hablaba consigo mismo utilizando todo tipo de improperios y, apartada en una de las últimas mesas, otra mantenía una conversación utilizando dos voces diferentes, como si de dos personas distintas se tratara.

 

Fuera como fuese, no había duda de que los aberranchos disfrutaban. Y de igual manera podría afirmar que los nuestros estaban allí para servirles e incluso que, como ya me pareció en un principio, lo hacían voluntariamente. No terminaba de entender el sentido de todo aquello. Me inquietaba, diría que me llegaba a producir temor tanta incertidumbre, pero curiosamente al mismo tiempo generaba en mí cierta atracción. No quería dejar de mirarles; si eran peligrosos, tampoco llegaba a sentirme amenazado. De hecho, aun percibiendo agresividad en el ambiente, no me la imaginaba convertida en violencia.

 

¿Desea algo más el caballero?, me sorprendió el camarero en mitad de mis cavilaciones. No, le respondí. Y seguidamente escuché como un cristal se hacía añicos al estrellarse contra el suelo. ¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar, cabrón! Inmediatamente me giré llevando mi mano al revolver. ¡Te voy a meter una navaja en la boca! Uno de los aberranchos se había puesto en pie y gritaba encolerizado a otro de los suyos.  ¡Te voy a pinchar el cuello! Como la pólvora, la trifulca prendió y en cuestión de segundos la fonda se había convertido en un horno candente. Los gritos cada vez sonaban más agresivos y las amenazas de muerte se multiplicaban, el desfile de balas se adivinaba inminente.

 

Entonces sucedió algo que me petrificó; me heló la sangre. Una de los nuestros se acercó al aberrancho encolerizado y, sin mediar palabra alguna, lo abrazó. Lo abrazó. Ni más, ni menos. Lo abrazó como pocas veces había visto hacer. Sus pechos y sus vientres se estrechaban fuertemente; pareciera estar ofreciéndole su corazón. Y mágicamente sucedió, sucedió delante de mis narices. Los cuerpos de aquel aberrancho y aquella mujer se fundieron en una sola forma, tierra germinada de la que nació una flor. Su tallo creció y creció, curvándose al llegar al techo, para descender y entremezclarse con el resto de cuerpos. Del tallo brotaban nuevas flores que nos envolvían, al tiempo que germinaban con su polvo de colores. Éramos tierra, tierra germinada de la que emergían nuevos tallos y brotaban nuevas flores. Éramos campo y el sol calentaba nuestros pétalos coloreados.

 

Lentamente, muy lentamente, uno de los tallos se encaminó hacia el corazón musical. Todos le mirábamos pacientemente, era hermoso. Cuando llegó, se sentó y colocó delicadamente sus manos encima de las teclas del piano. Nos miró, dibujó una sonrisa en sus labios y comenzó a tocar. Los dedos del aberrancho bailaban sobre las teclas blancas y de las tripas del instrumento nacían sonidos celestiales. Levantó la mirada y nos encontramos. No había tensión ni pretensión en sus ojos, simplemente parecía bucear al mismo tiempo en mi interior y en el suyo. Me guiñó un ojo y, de repente, una voz inundó la sala. Era una chica. Se fue acercando al músico hasta colocarse justo a su lado. Ella cantaba, él tocaba, se miraban. Y, como caen gotas del cielo, él empezó a llorar. El aberrancho lloraba mientras la miraba, al tiempo que tocaba. Si tuviese que aventurar, diría que ella le hacía recordar. Su voz le llevaba a tiempos perdidos, a tiempos felices.

 

Otra voz maravillosa se sumó al dúo y después otra y otra. Voces que se aunaban en un mismo cantar, energía que circulaba entre todos nosotros erizando nuestra piel y conectando nuestros corazones. Recuerdo maravillarme y también recuerdo prescindir del miedo y, sencillamente, confiar… Un acto de fe, eso es lo que fue todo aquello, un acto de fe.

 

Las lágrimas dieron paso a las sonrisas y las sonrisas abrieron la puerta a las últimas miradas. La gente fue recogiéndose a sus respectivos cuartos; de la mano; por parejas; en grupos; y, cuando me quise mover yo, el camarero despidió al último cliente. Tenga un buen día, Jake. ¡Sabía mi nombre!… Igualmente, Luke. ¡Yo también el suyo! Era descabellado, ilógico, pero cierto. No quise saber el porqué, tampoco me importaba, y con un último gesto de cabeza, di media vuelta y salí de aquel lugar.

 

¡¿Qué demonios?!, grité. El desierto no era tal, delante de mí ya no se extendía una planicie de arena y muerte, sino un pueblo de casas y vida. Había personas, caballos, carros. ¿La herrería? ¡Y esa es la licorería! ¡Y Jess…! Conocía todos aquellos establecimientos y también conocía las gentes. ¡Estaba en casa!

 

 

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