Por primera vez

21/8/2018

 

Sin esfuerzo podía verse el trazado de tierra que tantas veces habían recorrido durante aquel agosto, la clara noche cubría de fantasía y misterio el paseo que ambos dos habían estado esperando desde hacía ya casi un mes. En aquel entonces, Miguel, junto con sus tíos, llegaba por primera vez al pueblo de su abuela materna para pasar cuatro largas semanas del verano. A sus doce años nunca había estado allí y este año tocaba romper con la dinámica. Así decidieron y así hicieron, aunque en un primer momento los tres no estaban igualmente convencidos; el tío y la tía no paraban de repetir lo bien que lo iban a pasar, mas por contra, Miguel no las tenía todas consigo. En la casa de la abuela no había piscina y, además, no tenía ningún amigo. ¿Qué opciones le quedaban?

 

Los primeros días no prometieron demasiado, de hecho, nada; la casa se convirtió en su refugio y las ventanas hicieron las veces de miradores aburridos por repetitivos. Los juegos urbanitas mimetizaron la cara del chico con las diferentes pantallas de sus tres consolas. Al menos, pensaba él, había sido inteligente al traerse consigo todas sus posibilidades de diversión; las estimaciones que barajaba le mantendrían ocupado el mes entero.

 

Entre partida y partida marcharon seis de los treinta días que iba a pasar en aquel pueblo sin patria ni bandera. No fue hasta que su abuela le pidió que a la mañana siguiente fuera él quien se encargara de comprar el pan que Miguel salió de la casa.

 

Serían las nueve de la mañana cuando estaba llegando el panadero a la plaza del pueblo. Esperó su turno, pacientemente, incluso divirtiéndose con las escenas que protagonizaban cada uno de los clientes sin excepción, señoras y señores para los que esta media hora del día se convertía en su momento de encuentro en el que bromear, discutir y cotillear. Llegó su vez, pidió las dos barras, pagó su euro diez y puso rumbo a casa para continuar con su monótona y aburrida reclusión. Con esa intención empezó a andar, pero no hubo dado más de diez pasos cuando, cual regalo del destino, se encontró de frente con Raquel. ¿Qué opciones le quedaban? Fue entonces cuando comenzó el viaje.

 

Los árboles en la noche dibujaban siluetas recortadas contra el vasto cielo y el aire que jugaba con las ramas de estos también templaba los cuerpos de los chicos; el movimiento del viento era el suyo mismo. Tras unos minutos de andar en silencio por el camino de tierra, ella se detuvo.

 

- Aquí es -dijo al tiempo que extendía la manta sobre el suelo de arena y chinas para dejar después la guitarra y sin más dilación sentarse.

 

Miguel hizo lo propio sin decir palabra. No eran necesarias, aceptando el pudor como compañero en esta aventura, por primera vez en su vida sentía que la compenetración con el momento era más que suficiente; la excitación del silencio era tal que pareciera un aliado más del chico y la actitud de ella sugería un sentir parecido. La ausencia de una conversación al uso provocaba en él, además, una sensación que le desprendía del niño que era, tal vez que había sido, llevándole hacia un lugar hermoso y etéreo más propio de los sueños.

 

Una vez estuvo sentado junto a Raquel, y viendo que ella rompía con sus miedos alargando la mirada hacia el cielo estrellado, Miguel levantó la cabeza y, sin tiempo para plantear estrategia alguna, quedó fascinado por la belleza del salvaje infinito.

 

- Qué bonito… -dijo el chico casi de manera inconsciente.

- Lo mejor son las estrellas fugaces –respondió ella seguidamente- A veces se ven algunas que dejan una estela a su paso.

 

Miguel pensó en algo que continuara la conversación, pero nada se le ocurrió. De nuevo, las notas de los grillos y el vacío de la incertidumbre inundaron la noche. Fue Raquel quien continuó la partida. Cogió la guitarra y la sacó de su funda. Dejó la bandolera a un lado y se acomodó el instrumento sobre las piernas cruzadas. No sabía él que la luna y las estrellas pudieran traer consigo tanta luz y agradecido dedicó una sonrisa desde lo más profundo de su corazón a lo más eterno del universo.

 

La escena que tuvo lugar entonces estaría por cristalizar un espacio inmortal en su pecho. Con suma delicadeza, Raquel tocó unas cuantas cuerdas al tiempo que parecía, según pensó Miguel, afinar la guitarra.

 

- Espero que te guste –susurró la chica.

- Seguro que lo hará –la tranquilizo él. Hacía solo unos días que ella le había confesado que la música era su mejor amiga y no fue sino ayer cuando su amiga le prometió que le tocaría alguna de sus canciones. Raquel sonrió.

 

Levantó la mirada al horizonte, respiró como nunca antes le había visto hacer y las notas empezaron a brotar de la nueva diosa. En aquel momento Miguel, sabedor de la triste realidad del niño mago, redescubrió la magia. Redescubrió la fuerza de lo indómito; redescubrió la belleza de la naturaleza libre; redescubrió el mar; redescubrió el amor. Raquel era él, porque él podía sentir el corazón de Raquel. Vio en ella a una mujer y, como proyecto de flor que abre por primera vez sus pétalos al mundo, se vio a sí mismo como un hombre.

 

Su voz era indescriptible, no existían palabras que pudieran explicar aquello. Por ello se liberó de las líneas del pensamiento y se dejó impregnar por los sonidos del alma del mundo. Miguel viajó en el tiempo, viajó como las estrellas fugaces que dejan fuego tras de sí, encontró nuevos planetas y descubrió nuevos seres vivos. No eran personas, ni animales, si pudieran describirse serían polvo de estrellas. Luces que creaban colores nuevos y formas imposibles.

 

Los segundos adelantaron el presente y Raquel terminó por rasgar una última cuerda.

 

Calor de vida burbujeaba en el estómago de Miguel. Raquel, su nueva amiga, amor de verano, aquella chica que había conocido hacía veinticuatro días y que ojalá hubieran sido treinta, estaba sentada junto a él, solos en mitad de la noche abierta. Entonces una fuerza procedente de las entrañas de la tierra le atravesó el cuerpo desde donde estaba sentado hasta el último pelo de su cabeza haciéndole incorporar. Fue leve, pero lo suficiente como para colocar su mano sobre la mejilla de ella. Estaba calentita. Con una caricia, en la que pudo comprobar la suavidad de su piel, atrajo la cara de Raquel hacia la suya y, cuando estuvieron lo suficientemente cerca el uno del otro, el movimiento se ralentizó de repente. Inconscientemente, sin control sobre gesto alguno, se detuvieron a escasos centímetros el uno del otro, lo suficientemente cerca como para sentir sus respiraciones y lo suficientemente lejos como para poder verse las caras. Necesitaban hacerlo, necesitaban encontrarse en la mirada del otro y entender. Entonces, sucedió, los dos jóvenes de apenas doce años de edad compartieron por primera vez un beso.

 

Qué sensación aquella… Calor humedecido por la intimidad del otro, inocencia en el baile de sus carnes, dientes chocando despistados, el olor de sus rostros, ganas desatadas de querer comerse. La joven pareja se perdió en el tiempo con los ojos cerrados. Y de repente, de entre sus labios, sin lógica alguna pero sí todo el sentido, un haz de luz recogió la noche sobre sí misma haciendo las veces con todo lo que en ella se hallaba. El camino, los grillos, las estrellas, la guitarra, la manta, Raquel, Miguel, todo se concentró en una única gota. Una última gota de agua que ahora resbala por la mejilla del anciano recostado en la cama. Acompañado por su familia y conectado a las distintas máquinas médicas, la vida se desprende del hombre llevándose consigo todo gesto. Mas un último recuerdo, un último nacimiento que recoge su primera vez, todavía resuena en las cuerdas del tiempo. La gota de agua ya es polvo de estrellas y el amor que un día conectó con las entrañas de la Tierra continúa su viaje por los confines del Espacio.

 

 

 

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