Una cuerda tangible

5/5/2018

 

 

Todo el año de preparación no evita que el sudor resbale por su nuca. Suda, mas sus ojos se muestran seguros y su pulso sereno. El hombre-máquina continúa mirándole fijamente cumpliendo así con un control exhaustivo alimentado por la necesidad de erigir verdades únicas. Su forma de actuar parece chancearse del hombre asustado y allí todos lo están; aunque puedan mostrarse enteros, hace ya mucho tiempo que sus muros se vinieron abajo.

 

Llevan más de un minuto allí de pie, los dos, uno frente al otro, esperando a que el miedo se presente. Morad lo sabe, muchos cayeron justo aquí, dónde él está ahora, delante del hombre-máquina. Entonces Morad era uno más de la fila, pero hoy no lo es y el agua salada se desliza disimuladamente por su piel dejando tras de sí un rastro de pena y recuerdo. Ahora no le quedan más que reminiscencias que se pierden en el odio.

 

El hombre-máquina termina su reconocimiento y permite el paso al hombre asustado. No les equipan para detectar anomalías en el interior del cuerpo humano y Morad se dirige hacia el centro del pabellón. Como reconocido profesor universitario dispone de una invitación al encuentro anual de mentes que tiene lugar en París. Hace un año que llegó a la ciudad y desde entonces no ha dejado de pensar en el impacto de su discurso. También pensaba en ellos, en sus compañeros, en el oficio, en la justicia, en la explosión. Le atormentaba el sonido que producían aquellas palabras en su mente; pero se terminó acostumbrando a llegar al mismo término: la omisión elegida es un aliado más del terror. Además del hecho inexcusable de que la mayoría de estos intelectuales defendía y practicaba, de una manera más o menos directa, la sumisión al Supraestado. Otros no; justos por pecadores. Todos somos los protagonistas de nuestras vidas y todos elegimos un lado de la balanza.

 

Camina hasta llegar al centro del gran habitáculo. Dedica unos segundos a contemplar su obra e imaginarse el discurso. Cuánta luz, piensa; su historia iluminará también conciencias, reza.                                                 Respira. Mira al cielo una última vez a través del techo de cristal, azul, libre.

             Se dispone a ello. Su lengua y dientes prestos para mezclarse con el dulce sabor de la sangre. Morder el músculo para detonar toda una vida.                        Otro atentado.

Tres, dos, uno…,  una energía tan conocida como él mismo roza su mano. Junto a él, tocándole, merándose con su alma, siendo Morad o tal vez su fantasma...                                  Cero. Muerde.

 

Explosión

 

Fogonazo. Luz blanca. Silencio. Nada.                                       Nada.

 

 

Implosión

 

Un viaje a través del espacio-tiempo.

Sonido ensordecedor que vira en todo su rango. Colores, texturas. Formas y sensaciones sin cuerpo. Una espiral de movimiento a través de cuerdas vibrantes, una superpuesta sobre otra, otra accionada por una dimensión paralela, una mezcla de estímulos a través de todos los sentidos. Vivencias vividas y no vividas de sus posibles pasados y futuros. La multiplicidad de las supercuerdas en un mismo espacio. Materialización.

 

Otra cuerda tangible.

Caminan; Morad y un niño se están cogiendo de la mano. Adam. No es su hijo, pero todos sus sentidos le indican lo contrario. Es su hijo. Descalzos, siente el agradable frescor del rocío sobre el césped. Una nube de recuerdos invade su mente, su corazón y cuerpo. Otra nueva vida en su interior, la suya también. Sonríe y encuentra su mirada con la de una mujer. Es su mujer y la ama tanto como todavía puede amar a su esposa fallecida.                                  Y entonces, la sensación se transforma en pensamiento para éste convertirse a su vez en conocimiento. Sabe.

 

Sabe que ésta es una posibilidad entre infinitas, una cuerda de una verdad multidimensional, un universo paralelo, un presente de vida. Ahora hay luz en su corazón, vuelve a ser humano; siendo él, se ha sumado a otra de las variantes de su múltiple realidad. Aquí no hay más muerte que el tiempo y el motor del mundo no se llama miedo, sino felicidad. La Tierra no vive subordinada a ninguna fuerza humana. No se expolia ni se financian grupos terroristas, no hay tercer mundo. No hay guerras, no hay terror, no hay dependencia, no hay un Supraestado militarizado; únicamente hay seres humanos que se educan en los valores del respeto y la bondad.

 

Morad sabe todo esto, Morad se ha materializado en otra de sus infinitas cuerdas.

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