Mi nombre es Omar

5/5/2018

 

 

“Omar, ha llegado el día, hijo. Hoy comenzamos nuestro viaje, hoy estamos un paso más cerca de Dios.  Será duro, será hermoso, pero ante todo será una peregrinación en busca de un alma pura. Nos encontraremos con madre en el camino y juntos llegaremos al nuevo mundo”

 

La lluvia golpeaba la tela de la tienda a la par que el viento zarandeaba las paredes. El agua, compañera de viaje, parecía querer guarecerse del exterior y no hacía sino filtrarse gota a gota en el hogar. Ya era un hogar, los tres meses pasados así lo querían. Habían sido muchos los campos andados, los paisajes oteados, las personas conocidas; ahora todo era familiar, el dolor, el placer, el camino. Omar se había convertido en un hombre; aún niño, hombre. Al menos eso decía padre. Su cara, sus manos, sus palabras contaban experiencias. Su mirada era la de un soldado, mas sus ojos sugerían un halo de tristeza más propia de un bebé. Tenía ocho años.

 

Desde que emprendieron ruta, padre insistía en la importancia de mantenerse fuertes, constantes en su travesía a través del sendero de Dios. Era un referente, un hombre de duro semblante y tierno corazón, un ejemplo. Al morir madre, Omar pudo comprobar que incluso las más altas torres pueden verse derrotadas por un simple adiós. Descubrió que el corazón humano está hecho de amor y que todos atesoramos uno; comprendió entonces quién era su padre. Desde ese día nunca más volvió a ser el mismo; ni uno, ni otro.

 

Y seguía lloviendo. Gris; el cielo, el aire, el suelo. Omar regresaba con un cubo de agua sujeto a la espalda. Cada mañana, poco después de que despuntaran los primeros rayos de sol, caminaba durante quince minutos hasta llegar al cogollo central del campamento, luego esperaba otros quince a que fuera su turno y, una vez lleno el cubo, tornaba de vuelta a la tienda. Gustaba de escoger un camino diferente cada día, pudiendo así explorar nuevos terrenos y encontrarse ante anónimas aventuras. Diversión y tristeza. Desde hacía ya varios días, una imagen rondaba su mente; aunque no tuviera nombre, sí tenía color, y bien lo reflejaban las nubes.

 

Atravesó la siempre cariñosa tienda verde y la cada vez más pesarosa tienda azul. Llegó a la suya y entró. Como ya imaginaba, padre permanecía recostado. Hoy parecía tener peor cara. En el campamento había empeorado, sin lugar a dudas, pero hoy veía en él la umbría de lo que un día fue. Su piel, sus ojos, su boca, se apagaban. Omar se acercó a él y le beso. Estaba caliente. Pero a la vez frío. Y fue entonces, en ese instante de frialdad, en ese instante de calor, cuando Omar se encontró con su madre.

Guapísima; candor, fulgor, amor. El pequeño quiso despertar a su padre, pero no lo hizo, sabía que ella le buscaba a él. La luz se acercó, quedando cerca del chico. No hablaron con palabras, sino con lágrimas y fue una de estas gotas de agua salada la que delegó el mensaje.

Despertar, Omar dejó de ser un peregrino. Cogió una hoja, un lápiz, una cuerda y una piedra. Escribió una nota haciendo uso de su mejor lenguaje y la amarró al guijarro. Andó durante media hora hasta llegar a la valla y lanzó la piedra tan fuerte como pudo.

 

 

 

Más tarde, una mano humana cogió la piedra, desenredó la nota y leyó sus palabras.

“Buenos días,

Se que esto no es una peregrinación, se que estamos aquí porque en mi país hay una guerra y podemos morir como murió mama.

Mi padre no me lo dice para que yo no me preocupe, aunque yo lo se, por eso este mensaje se lo envió sin que el sepa nada.

Se que ustedes no nos dejan pasar, pero mi padre se esta muriendo y necesita medicinas. En el campamento no hay medicinas, ni médicos, por eso necesitamos poder pasar. Por favor, déjennos cruzar la valla y continuar nuestro camino. Se que ustedes estaban ahí antes, pero quiero que sepan que nosotros no queremos quitarles nada. Únicamente queremos vivir.

Si deciden ayudarnos, mi nombre es Omar y tengo ocho años”

 

-        No te vas a creer lo que acabo de leer- dijo uno.

-        Me lo voy a creer, pero me va a dar igual- respondió el otro.

 

 

Me da igual que la guerra civil de Siria se haya cobrado más de 470.000 vidas.

 

Me da igual que haya provocado que más de 3.000.000 de personas hayan tenido que abandonar su hogar.

 

Me da igual que uno de cado dos niños no pueda ir a la escuela.

 

Me da igual que sean personas.

 

Me da igual.

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