Forajidos

6/5/2018

 

 

Quieto... Ya te tengo.

 

PUM…………….     …  .. . .

 

Más de cincuenta kilos desplomándose sobre la arena, polvo que se excita al sentir el contacto con la muerte, sangre de vida mezclándose con tierra roja del frío desierto. 384 días… fuera de la ciudad, ajeno a toda sociedad y más vivo que nunca. Cuerpo, mente y espíritu ahora son un todo experimentado en la supervivencia; y es precisamente ésta la verdad más codiciada por todos ellos. Él no es el único forajido.

Se acerca al cadáver con cautela, nunca se ha de suponer que uno está solo. Rodea la presa evitando el camino más directo. Incluso no escatima en guardar un generoso tiempo de espera, no será la primera vez que se escucha un segundo disparo en la calma más ilusoria. Suficiente. Acerca su mano a la herida e introduce tres dedos en el grueso agujero. Húmedo y cálido. A continuación se lleva los tres dedos a la boca y respira profundamente. Sigo vivo.

 

Una vez despellejado y debidamente despiezado, enciende una hoguera y prepara una improvisada cocina. Mientras que las llamas cumplen lo prometido, el joven espera pacientemente sentado cerca del fuego. Su mirada se pierde en el horizonte más lejano y su ser pareciese dormitar despierto. La mente tranquila, el cuerpo relajado y el espíritu en paz; un hombre libre. Veintidós años esclavo de una mentira, pero hoy es dueño de su tiempo.

 

-        Hola.

 

En un único movimiento alcanza el rifle, se tumba a ras de suelo y apunta a su cabeza. Ella no se mueve. Simplemente le mira y aguarda. ¿Qué quieres?

 

-        Me llamo Laura –continúa-. Escuché tu disparo y vine hasta aquí.

-        ¿Qué quieres? –pregunta él sin dejar de encañonarla.

-        Llevo varios días sin comer nada.

 

Un silencio se adueña del momento. Él continúa con el rifle enfilado.

 

-        Hernán. Siéntate.

 

Con movimientos lentos y las manos a la vista, Laura se acerca a una de las rocas que más cerca quedan de la hoguera. Debes de tener mi edad. Y eres bonita.

El chico baja el arma, dejándola a buena mano. Ninguno de los dos muestra intención alguna de continuar la conversación, mas ambos dirigen todos sus sentidos hacia el otro en un intento de descifrar el enigma que tienen delante.

 

El crepitar del fuego inunda el silencio y no es hasta unos largos minutos después cuando Hernán se levanta, cuchillo en mano, para partir una buena tajada y ofrecérsela a su nueva huésped.

 

-        Gracias –dice a la par que sus ojos se iluminan de satisfacción.

-        No hay de qué.

 

Y como si de un animal salvaje se tratara, la chica comienza a devorar la pieza de carne a grandes bocados y cortas pausas. Si pudieras verte, no podrías evitar reír.

Hernán sonríe ligeramente y se lleva su tajada a la boca…………………………………. Qué rico

 

No hablan en toda la comida, pero sí que hay algunas miradas que van en aumento a medida que sus estómagos consiguen lo que tanto precisaban. De las miradas suspicaces nacen las miradas cómplices, y de éstas las miradas divertidas. Cierta energía empapa el ambiente haciendo lo propio con los chicos.

 

-        ¿Por qué? –se decide finalmente Hernán.

-        Formo parte de una banda criminal. Nos dedicamos al tráfico de armas.

 

Hernán no puede evitar soltar una sonora carcajada. Laura desdobla el gesto serio y se une a la risa del chico.

 

-        Fugitivo. Maté a una pareja de ancianos el día de su boda –responde él al tiempo que hace la “V” de victoria con su mano libre.

-        Tienes peor pinta de lo que en realidad eres.

 

Ambos sonríen cómplices del juego; el humor es siempre buena compañía y los dos son conscientes de ello.

 

-        El tiempo. Esa es mi carta –se sincera el chico-. Necesitaba recuperar mi vida, sentir los días como algo tangible, no como segundos perdidos del reloj. No quería una rutina perfectamente calculada, monótona y efímera; anhelaba aquello que me permitiera recuperar el tiempo, experiencias reales. Un día me desperté, rajé mi nuca, me quite el chip y me fui de la ciudad.

-        Dices recuperar, pero nunca lo has tenido. ¿Cómo sabías que era lo que querías? –pregunta curiosa Laura.

 

Hernán sonríe y se lleva la mano al pecho.

 

-        Algo aquí dentro sí que lo sabía –responde-. Tal vez vivamos en sociedades ajenas a la Esencia, pero todavía tendrán que pasar muchos años antes de que la eliminen de nuestro interior.

 

Los ojos de Laura se llenan de admiración y no puede evitar desviar momentáneamente la mirada en busca de un disimulo evasor.

 

-        Mi carta es la Esencia. Voy en su búsqueda –empieza la chica-. Poco después de la Tercera Gran Guerra mi madre murió, no pudo soportar la pérdida de mi padre, y yo me quedé sola. Ya habían cerrado las puertas de las veinte ciudades y tuve que salir ilegalmente. Invertí todo el dinero que mi familia había dejado para poder cruzar la frontera.

 

Los dos jóvenes se quedan en silencio. Es mucho lo que les une y ambos son conocedores de cuánto han tenido que dejar atrás hasta llegar aquí.

 

-        Qué paradoja. Tenemos la cura de toda enfermedad conocida, la posibilidad de producir todo aquello que necesitamos para vivir y los avances tecnológicos que permitirían un estado de bienestar óptimo, pero no nos acercamos ni de lejos a la Esencia –apunta Hernán en un intento de arropar a Laura.

-        Yo simplemente necesitaba encontrar un sentido a todo esto –continúa ella-. Toda mi vida he echado en falta algo. Nunca he sabido muy bien el qué, pero en las ciudades tenía claro que no lo iba a encontrar. Desde que estoy en el exterior al menos me siento en el camino. No tengo ningún remordimiento de haberme convertido en una forajida, hasta que me detengan pretendo aprovechar al máximo cada momento.

 

Hernán sonríe como muestra de cariño y ésta le devuelve el gesto con otra sonrisa. Quiero abrazarte, Laura. El chico se pone en pie y camina hacia ella. Ésta, sorprendida, responde instintivamente incorporándose levemente. Tranquila. Hernán continúa mirándola fijamente y Laura, a su vez, no puede evitar mantener la misma postura de tensión. Tranquila. Se detiene delante de ella. Laura tiembla ligeramente mientras Hernán se agacha, quedando a su misma altura. Preciosos ojos verdes. La abraza, primero delicadamente y después con más fuerza. Poco a poco, la tensión de la chica va desapareciendo. Él lo nota y continúa apretando su cuerpo contra el de ella. Ella cede. Él la huele, ella lo siente y, como si de un acto espejo se tratara, hace lo propio con él. Laura acerca su cara a la del chico hasta sentir el calor de su mejilla en contacto con su piel. Se acarician. Hernán le aparta el pelo de la nuca, apretando suavemente su cuello. Ella emite un pequeño gemido y le busca. Y le besa.

 

Sus labios se entremezclan con todo el cariño que sus cuerpos necesitan. Mucho. Apasionadamente se quitan la ropa el uno al otro, sin dejar de besarse, sin poder apartarse un segundo del cuerpo encontrado. Laura le frena, le aparta, le mira, lágrimas alegres nacen de sus ojos verdes, le besa. Hernán la cuida, la mima, la protege. La quiere. La ama. Y Laura…

Un solo cuerpo………………………………………………………………………………………………….Laura

Bip. Bip. Bip. Reproducción de recuerdo finalizada.

 

 

IV Gran Guerra. Hernán abre los ojos.

 

Está sentado en un sillón en el centro de una habitación etérea. Las paredes blancas y la ausencia de decoración contrastan con el negro del mundo exterior. Se levanta con cuidado de no hacer ningún movimiento en falso y, ayudándose del bastón, camina hacia el ventanal. Sus ojos cansados contemplan la sencilla hostilidad del nuevo planeta; la ausencia de vida más allá de la Gran Metrópoli es una imagen dolorosamente enraizada en el interior de su mente. A día de hoy, una enfermedad mental con carácter terminal. Recuerdos paliativos apaciguan el alma del anciano, la Esencia se resiste a morir, pero, desgraciadamente, el tiempo ya se perdió en el olvido.

 

Hernán cierra los ojos.

 

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